viernes, 13 de agosto de 2010

Recuerdos como capital de vida

En algunos momentos he llegado a sentir que una descripción acertada para mi existencia sería como una constante construcción de recuerdos. La palabra “recuerdo” implica un contenido sensorial y sentimental en la memoria. Creo que es sobre todo ese aspecto sentimental el que diferencia a un “recuerdo” de un “dato” memorizado (pa ponerlo en terminos muy “informáticos”). Se trata pues no solo de imagenes de lugares, objetos o personas, u otro tipo de experiencias sensoriales (olores, melodias etc), sino sobre todo de una condición específica del espíritu.
En esos momentos creo entender con claridad que es esa colección de experiencias la que le dan valor al transcurrir de la existencia, el capital de mi vida, pa ponerlo ahora en terminos económicos. Y es que por más complejo, mágico, maravilloso que sea el proceso biológico de la vida, en determinados momentos una intensa "descepción" se genera al sentirme inmerso en ese mecanismo que los libros de primaria resumian en: “nacer, crecer, reproducirse y morir”.
En este contexto, yo creo que esta obra de Proust se puede abordar como un proyecto en el cual, él se propone a hacer inventario minucioso de su capital de vida. El mismo Proust describe un método para “extraer” de lo profundo del alma esos recuerdos que la habitan (o la conforman?): “Vuelvo con el pensamiento al instante en que tomé la primera cucharada de té... vualvo a ponerla [al alma] cara a cara con el sabor reciente del primer trago de té...”

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