lunes, 9 de agosto de 2010

Algo sobre la vida de Proust y sus circunstancias al escribir "en busca del tiempo perdido", Marcela.

Proust nació el 10 de julio de 1871 en Auteuil, un elegante suburbio rural de París. Su familia pertenecía a la alta clase media. Su padre, el doctor Adrien Proust, no sólo ejercía la Medicina, sino que era profesor de la Escuela de Medicina de París y figura prominente del cuerpo médico francés. Su madre era Jéanne Weil, una bella y culta judía alsaciana, que adoraba y mimaba a su pobre hijo desvalido. Robert, el más joven, heredó la robusta salud, la profesión y el gran sentido común de su padre; Marcel, dos años mayor, heredó los nervios y la sensibilidad enfermiza de su madre. A los nueve años padeció un ataque, diagnosticado como asma y que sucesos ulteriores contribuyeron a agravar. Proust se convirtió en un asmático crónico, un ser medio inválido que siguió siendo -quiso seguir siendo- un enfermo toda su vida. Se apegaba apasionadamente a su madre.

Hay poca diferencia entre el Yo de la novela autobiográfica y el "Marcel" de la vida real. Cuando fue hombre, Proust frecuentemente se dirigía a su madre en el mismo tono quejumbroso y angustiado de niño dolorido. El acento de mortificación frecuentemente se une en Proust a una mezcla de histeria reprimida y propia conmiseración. Demasiado débil para desear el bien, demasiado respetuoso para disfrutar del mal plenamente, conociendo solo el sufrimiento.

Marcel fue criado y educado casi exclusivamente por su madre. Ella trató de fortalecer su espíritu incitándole al trabajo -era muy perezoso para sus lecciones-, pero siempre que le regañaba. Si Marcel tenía un prolongado ataque de tos, su madre se veía obligada a abandonar el papel de preceptora trocándolo por el de enfermera. .ノl se retiraba a la biblioteca, donde convertía la vida en literatura; se decía que tragaba los libros y leía a la gente. Esperaba con ansiedad las épocas en que su familia veraneaba en Illiers, donde había una gran biblioteca en casa de su padre. Entretanto recibía una instrucción irregular.

A los 21 años, Proust era un joven de sociedad, agradable y muy conocido. Era como su madre, de tez morena aceitunada, de lustroso cabello negro y soñadores ojos negros "embrujadamente expresivos". Una sonrisa continua, agradable y acogedora se dibujaba en sus labios y su risa estallaba al menor pretexto. Daba la impresión de un niño muy crecido, indolente y extremadamente observador. De constitución delicada, por sus modales tímidos y afeminados, se convirtió en favorito de las damas de mayor edad. Hizo su aparición en el exclusivo mundo de la aristocracia en el salón de madame Geneviève Strauss, que había sido esposa del compositor Bizet y madame Arman de Cailavet, provocativa inspiradora de Anatole France.

Marcel era bondadoso, delicado y agradecía el más insignificante favor y la menor atención, y cuán terrible e insensata tristeza le invadía si se sentía mortificado, o creía que debía sentirse herido. Le gustaba la compañía de las muchachas, así como de los jóvenes -ya que no podía practicar ningún deporte tan agitado como el tenis, gustaba de planear sus excursiones campestres-, pero ninguna muchacha tomó en serio sus atenciones, y sus compañeros únicamente fingían estar celosos de él, para halagarlo.

Cierto es que el constante cariño por su madre, hizo que su vida emocional fuera equívoca (homosexual no declarado), en cambio. no hubo vacilación en su vida intelectual. Sabía que iba a ser escritor, aun antes de ponerse a escribir. Después de cumplir los veinte años, formó parte de un grupo que, cultivado en los salones de madame Strauss, floreció en una pequeña revista: Le Bouquet. Tenía algo del valor y algunas de las pretensiones del The Yellow Book.
Antes de alcanzar los treinta años Proust mostró tendencia a destruirse a sí mismo. Casi derrotado por una desesperada disyuntiva, vacilaba entre la pureza y la necesidad. Por una parte, deseaba hablar y escribir con franqueza, pero se daba cuenta de la exigencia social de recatarse y sufrir la lucha entre lo que quería revelar libremente y lo que debía ocultar al público, a sus padres y hasta a él mismo. Su vida cotidiana, en esta situación era muy difícil. Vivía ocasiones y momentos en que le resultaba literalmente difícil hasta respirar. Con la muerte de su padre, sucedida en 1903, y la de su madre, dos años después se volvió un hipocondríaco y fue muy desgraciado. La muerte de su madre fue un golpe del cual nunca se recobró. Proust se volvió un huérfano desamparado a los 34 años y se sintió hasta el fin de sus días como un niño abandonado.


Durante la producción de su gran obra, Marcel se encerró, aislándose como un neurasténico, cuyos nervios de irritaban por las cosas más nimias, como los ruidos de la calle, el polen de los árboles, incluso, se sentía afectado por la luz del día. Para evitar escuchar los ruidos, amortiguó con corcho la habitación que ocupaba y las ventanas las cubrió de celosías para evitar la entrada de la luz del sol. En el invierno, dormía completamente vestido y aun, en verano se forraba con un jersey, medias, gorro de dormir, guantes y bufanda. Permanecía en cama por más días, los frascos de medicinas y los pomos vacíos estaban esparcidos por todas partes, mezclados con sus manuscritos. Y en un desorden completo, reposaban los veinte grandes cuadernos que contenían las últimas partes de su obra.

Viviendo a costa de analgésicos y falsos estimulantes, su situación empeoró rápidamente. Tenía que tomar narcóticos para descansar; y, después de dormir tres días merced al veronal, se requería la adrenalina y la cafeína para que permaneciera despierto. A los cincuenta y un años contrajo una pulmonía, pero no quiso llamar al médico. Su hermano, el doctor Robert, tuvo que valerse de la fuerza para atenderle. Proust se negaba a hablarle y desechaba los medicamentos, quejándose de que él tenía que trabajar. Su última hora la dedicó a corregir pruebas. Sobre todo, quería hacer unas modificaciones a su descripción del escritor moribundo, Bergotte, "porque -decía- tengo que hacer varios retoques, ahora que me encuentro en el mismo predicamento". Marcel Proust murió el 18 de noviembre de 1922.

2 comentarios:

  1. Hola compañeritos,
    De nuevo pongo a consideración de todos ustedes la posibilidad de ubicar el horario de las reuniones un día entre semana, en las horas de la mañana. En mi caso podría cualquier día desde las 7:30am, a mi me parece flexible, es decir tenemos 5 días tentativos.... algún día cachara, digo... es más factible elegir entre 5 opciones a que todos cuadremos el sábado.
    Porque este fin de semana arranco un curso que va de 8 a 11am y a ese si no puedo faltar ni a bala.
    Espero que todos analicen si realmente pueden optar por otro día, de otra manera los veré a través de este blogg.
    Un abrazo.
    Marcela

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  2. CESAR:

    Buscando lo de Bergotte, encontré este artículo que también me parece conciso.

    Proust and fashions, Proust and the 19th century—no approach is too narrow, no approach is too wide. Proustians are forever arguing among themselves. In this short volume the Master is variously defined as a chronicler of society whose work was "a summing up of the nineteenth century" and, on the contrary, a "visionary artist" whose genius was to transcend time. He is described as a moralist who "judges" and "condemns" and a "visual writer" who sees. He is compared with French Impressionist paintings and Wagnerian opera.

    Proust criticism remains more a matter of saturation than of precision. He still gets praised a little abstractly as a technical innovator, a man who ran time present and time past on dual tracks and played with memory like a zoom lens. Read today, Proust gives curiously old-fashioned satisfaction: full-flavored character and a rich sense of time and place.

    Possibly the best cultural and historic fix on Proust is that he was a man caught between two centuries. Proust valued three things in life: love, society and art. He became disenchanted about the first two, and out of this half-cured 19th century disenchantment he created his 20th century art—as tragic and as comic and perhaps ultimately as mystifying as life itself.

    · Melvin Maddocks


    Read more: http://www.time.com/time/magazine/article/0,9171,903206-2,00.html#ixzz10jwfVpYu

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